La leyenda del indomable

La última vez que lo ví, cuando hace escasamente una semana vino a España a recoger el premio que le habían concedido por su labor en la defensa de los derechos humanos, le pregunté si no temía por su vida Habíamos estado hablando de la situación en El Salvador, de lo que podría ser el futuro y de la forma en que actuaría la guerrilla si un día llegase al poder. Al calor de la discusión, cité el caso del poeta Roque Dalton, ejecutado por sus compañeros rebeldes acusado de «disidente» y el de la maestra Nélida Anaya Montes, apuñalada con un picahielo por orden de otro comandante guerrillero, y afirmé, sin pensarlo mucho, que quizás un día él, que tanto estaba haciendo por la paz en El Salvador, correría la misma suerte. Ignacio Ellacuría hizó una larga pausa. Esbozó una de sus tímidas sonrisas y en un tono suave, pero extraordinariamente firme, dijo: «En situaciones de extrema violencia todo es posible, pero los únicos que podrían matarme en estos momentos son los Escuadrones de la Muerte, los asesinos de la extrema derecha». Ignacio Ellacuría tenía 59 años. Había nacido en Portugalete (Vizcaya), era hijo de un oftalmólogo y estudió en el colegio de los jesuitas en Tudela.

Al finalizar el bachillerato ingresó en la Compañía de Jesús y apenas cumplidos los diecinueve años viajó por primera vez a El Salvador. Allí comenzó a estudiar Humanidades y Filosofía, aunque terminó su licenciatura en Ecuador. Posteriormente permaneció cuatro años en Innsbruck y uno en Irlanda doctorándose en Teología, y estuvo un largo período en Madrid, realizando su tesis sobre Xavier Zubiri.
Era un personaje brillante, sorprendentemente agudo, y podría haber tenido una carrera académica fulgurante en cualquier universidad europea, pero Ellacuría decidió retornar a El Salvador. Desde 1979 era rector de la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA), donde había organizado centros de estudios, varias publicaciones y puesto en marcha uno de los mejores centros universitarios de toda el área. Ellacuría había sido amenazado repetidas veces. Su nombre encabezaba desde hace muchos años las tétricas listas de «condenados a muerte» que hacen circular, con macabra regularidad, los pistoleros a sueldo de la extrema derecha salvadoreña. Era un hombre de paz, un estudioso dedicado en cuerpo y alma a la Universidad, que propugnaba con todas sus fuerzas un arreglo negociado que pusiera fin a la interminable carnicería salvadoreña. Quizás por eso le odiaban tanto los intolerantes.

En 1980, en uno de los momentos más terribles del conflicto salvadoreño, cuando cada mañana aparecían degolladas decenas de personas en los bordes de las carreteras, un pequeño grupo de periodistas asistimos espantados a la ejecución de un joven en un edificio contiguo a la Universidad. Una patrulla de la Policía de Hacienda, famosa por su crueldad, tenía acorralados a medio centenar de estudiantes en una de las aulas superiores y les conminaba a rendirse. Para reforzar sus palabras, con la cara tapada con pañuelos, como si fueran asaltantes de caminos de un espantoso «western», los militares disparaban de vez en cuando una ráfaga contra las ventanas. Desde el patio se escuchaba el llanto horrorizado de los estudiantes, súbitamente interrumpido por los aullidos estremecedores de alguien que gritaba «iVoy a salir! iVoy a salir! iSoy testigo de Jehová y Dios me va ayudar!». De repente se abrió la puerta y apareció tambaleándose en el umbral la figura encogida de un muchacho con los ojos desorbitados. Los policías dispararon, pero milagrosamente solo una de las balas rozó el cuello del estudiante, a quien obligaron a tumbarse en el suelo, mientras continuaban con su cruel «operación de acoso».

Boca abajo, en las losas del patio, presa de un ataque de pánico, el joven continuó clamando a Jehová, mientras un hilillo de sangre manaba de su cuello. Al cabo de un rato, sin preocuparse de nuestras cámaras o de los magnetofones, el que parecía mandar la patrulla se acercó hasta el «prisionero», le apuntó a la cabeza sujetando el fusil con una sola mano y le disparó en la nuca. Pocas horas después, por ordenes del general García, por aquel entonces ministro de defensa, tuvimos que presentarnos en su domicilio con la grabación. Al oírla, el militar intentó en un primer momento negar lo evidente. Después sugirió que podría tratarse de un «subversivo» y por último preguntó si el documento había sido ya enviado al exterior. Antes de que pudieramos contestar, un ayudante de uniforme, que permanecía junto al general observando con gesto severo, masculló entre dientes: «Da igual. A estas horas una copia de la cinta estará ya en poder de ese hijo de punta de Ellacuría o de cualquiera de los jesuitas». Era cierto. Con el mismo fervor con el que mimaba su querida universidad, Ignacio Ellacuría estuvo veinticinco años luchando denodadamente por la paz y los derechos humanos en El Salvador. Y lo hacía con todas susfuerzas, arriesgando su vida.
Estaba considerado como uno de los más destacados representantes de la Teología de la Liberación. Basta repasar el título de uno de sus libros, «Conversión de la iglesia al Reino de Dios», para comprender perfectamente cual era su opinión sobre el papel de la iglesia y los sacerdotes en países tan atormentados como El Salvador. Ignacio Ellacuría amaba tanto a El Salvador, que adoptó incluso la nacionalidad salvadoreña, para implicarse en los problemas de sus habitantes. Se implicó tanto, que ha muerto como muchos de ellos: asesinado a sangre fría en la madrugada.

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