Ellos las prefieren gordas

Parece claro: la sexualidad interesa. La discusión ética sobre ciertas prácticas sexuales está agotada. Allá donde antes aparecía la ética, ahora aparece la estética. Los intelectuales recrean ambientes eróticos. El erotismo dentro de la pareja se ha convertido en un valor. La discusión gira sobre si las conductas son estéticamente acordes. o, si por el contrario, son burdas, soeces o vulgares. Pues bien, allá donde aún no ha llegado la estética dominante. Donde casi ningún intelectual se ha asomado. Donde, según se mire, todo parece vulgar, burdo e incluso obsceno. Allá es donde se encuentran las «sex-shops». Tiendas de Sexo. Para muchos, verdaderos trasteros de la sexualidad. En estas tiendas, más bien trastiendas, hay muchas y variadas ofertas comerciales. Todas distintas, aunque bien similares en el fondo. Prometen la felicidad sexual. Mejorar nuestro placer y favorecer nuestra imaginación. Y en algunos casos lo consiguen. Todos se mueven en la misma liturgia de revistas, vídeos, consoladores y sucedáneos sexuales… Las mismas portadas lascivas. Idéntico olor a falsa desinfección. Pero cada una es distinta. Cada «sex-shop» tiene algo de singular.

La oferta clásica, ya se sabe, es la venta de vídeos y revistas. Casi todo el material importado y a alto precio. Gustos para todo. Estanterías bien iluminadas donde se agrupan cuidadosamente por temas. Sadismo, zoofilia, masoquismo, sodomia, menores, lesbianas, grupos, coprofilia, gays. Modelos estilizadas, de piernas largas e interminables. Blancas, orientales, negras. Cuarentonas grasientas, monumentos de carne para la portada de «Ellos las prefieren gordas».

Y luego los artilugios. El paisaje desnudo, sin ramas. Artículos para uso propio o para regalo. Muñecas hinchables. Penes de goma, de distintos tamaños y modelos, reproducciones intencionadamente ficticias o exageradamente reales. Sofisticados vibradores con accesorios, regulables, con distintas velocidades, con estimuladores múltiples para las zonas más sensibles. Complementos para el vestuario en cuero y «latex». Lencería estrafalaria, pretendidamente sexy. Desarrolladores de la potencia viril. Masturbadores. Profilácticos de todo tipo. Toda una jungla de artículos. Unos de uso evidente y otros que plantean muchas más dudas. Al margen de estas mercancías tangibles, los «sex-shops» ofrecen otras posibilidades menos palpables. Cabinas de vídeo. Con programación seleccionada por la empresa o al gusto caprichoso del consumidor. Una butaca más o menos cómoda, una pantalla de vídeo, apenas un metro cuadrado de desahogo, puerta con pestillo, papelera y un discreto rollo de papel. A veces, ni eso. Puro atentado contra la higiene. Paredes salpicadas, manchones en el suelo. El placer se vende caro: cien euros los cuatro minutos, 650 la media hora. También en cabinas, espectáculo en vivo. Ahora sin butaca. De pie. Las cabinas en circulo. Y en el centro el «show»: chicas estimulándose generosamente, parejas heterosexuales, algún número «sado» o «lésbico». Todo vale. Además, y en teoría, el cristal permite ver si ser visto. El paraíso del «voyeur». Un goteo interminable de monedas. Un vicio. Tan sólo en dos locales se puede acceder a una cabina más privada. Ella estará «sola para ti». Más intimidad, más dinero. La ruina.

El corazón de esta geografía del sexo se está de espaldas a la Gran Vía. En las calles Valverde, Desengaño y Barco. Aquí es donde las «sex-shops» se aproximan más a sus estereotipos. El olor denso de Barco, 43, exclusivamente «gay». El ambiente un tanto oscuro y cutre de Barco, 32, con sexbar incluido. Olor a ambientador junto a gran variedad de vídeos para cabinas en Barco, 12. Frente a la iglesia de la calle Valverde, en el número 20, hay otro. Una gran tienda, mucha luz y mucho repertorio. La calle Desengaño es la reina del «peep-show». Espectáculos en vivo. En sesión continua: de once la mañana hasta la medianoche. Grandes espacios. Falsa limpieza. Uno hace esquina con Valverde, neones sugerentes con reminiscencias griegas. Otro, en el número 12, rodeado de mujeres que hacen la carrera. Gran fuente de adorno en la entrada y varias cabinas conectadas con el «teléfono del amor». Otro en el número 11, con bar incluido, lleno de recovecos. Modelos jóvenes para todos los gustos, plato favorito para quienes gustan de emociones más fuertes. Nadie habla con nadie. Entran fugazmente, como sin querer. Deambulan perdidos, desviando la mirada propia y esquivando las ajenas. Van a tiro fijo y rara vez aguantan más de diez minutos. Mil euros. El dependiente tiene las diez monedas preparadas para el crucial momento del cambio.

No se señalan los productos o artículos de interés. El lenguaje de los gestos y de los monosílabos. Y a la salida, los ojos esquivos. No es que se oculten; es que no miran. La Puerta del Sol es otro mundo. El más pequeño, quizá, está en Tres Cruces, 5. Junto a las prostitutas de Montera, en Caballero de Gracia, 2, se esconde otro paraíso del sexo. Dos pisos, espectáculo en vivo y algún tratado de Sexología. En la calle de la Cruz, cerca de la plaza de Benavente, 24 cabinas de vídeo. En la variedad está el gusto: cada una especializada en un tema. Por ahí y un tanto desperdigados quedan más. En general Margallo, 24. En Cardenal Cisneros, 18. En Santísima Trinidad, 22. Este último con butacas inmejorables. Y los dos más grandes y famosos: Bravo Murillo, 360 y Atocha, 70. El de Atocha sería un híper, el más grande de Europa, dicen. Altavoces por los que se anuncian a bombo y platillo los productos. Cuarenta y ocho cabinas con 128 programaciones de vídeo distintas. Espectáculos en vivo y posibilidad de una atención mucho más personalizada. Mucho neón. Mucha luz. Gente de todo tipo. Es frecuente ver grupos de jóvenes de los que alternan por la zona.

Mucho movimiento de entrada y salida. La locura. La antítesis del intimismo que respiran otros locales. Bravo Murillo, en cambio, es otra cosa. El ambiente es mayor en edad y en recursos económicos. Hay también un bar, con música y chicas que alternan y bailan medio desnudas en la tarima. La gran novedad: cabinas de vídeo para parejas. Muy higiénico todo. Una mujer, armada de fregona y ajena a todo su alrededor, entra y sale constantemente de los cabinas eliminando restos de intimidad. En definitiva, hay de todo y para todos. Quien no haya ido nunca, es probable que vaya. Y, aunque luego los juzgue, es muy posible que mire con los mismos ojos que el resto. Casi todos se creen una excepción. Los perversos siempre son los otros. ¿Por qué habrá esa necesidad de juzgar y de poner etiquetas?

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