Cuando la lotería cambia tu destino

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Felicito de todo corazón a los agraciados con la lotería del Niño. La lotería ha cambiado su destino; de pobres a ricos, de paganos de la crisis a beneficiarios involuntarios de ella. Ellos serán -desafortunadamente- los primeros millonarios por azar desplumados por Hacienda. La decisión gubernamental de gravar con un veinte por ciento de mordida fiscal los premios mayores de 2500 euros es insignificante en términos recaudatorios y estúpida en términos simbólicos. Y es que los premiados socorren de inmediato a sus allegados en dificultades o hacen donaciones generosas a organizaciones como Caritas, que no dan abasto.

Privarlos del veinte por ciento de su premio es privarlos de capacidad para ejercer una forma de solidaridad directa e inapelable. En manos del Tesoro Público, en cambio, ese veinte por ciento desaparece en los infinitos recovecos del presupuesto. Lo mismo se paga con ese dinero el imprescindible sueldo de un médico que el vencimiento de los superfluos bonos patrióticos emitidos por la Generalitat. Nadie sabe dónde irá ese dinero, ni siquiera el ministro Montoro.

Que haya nuevos millonarios en España es una excelente noticia. Para salir de la crisis hace falta incrementar el número de ricos, no de pobres. Recortando sueldos públicos y aumentando impuestos sólo se consigue provocar más miedo al gasto, inducir una especie de complejo de menesterosidad entre los que aún mantienen cierto poder adquisitivo. Si quien puede no gasta, aumenta el número de parados, es decir, de los que no gastan porque no pueden. Las medidas de austeridad nos están conduciendo a la austeridad vital, una virtud clásica y respetable que, ejercida masivamente por la población, sólo incrementará nuestra ruina. Prescindir de lo innecesario, en realidad, supone prescindir de casi todo lo que ofrece la moderna sociedad de consumo y, consecuentemente, provocar su catástrofe.

Y es que el gasto superfluo es un poderoso motor de crecimiento económico, quizá el único motor de crecimiento en las sociedades posindustriales. Millones de puestos de trabajo en este país dependen de la prodigalidad en el gasto. Por supuesto, hay que gastar lo que se tiene, no lo que no se tiene. Dicho de otro modo: hay que gastar a débito, no a crédito. Hacen falta nuevos ricos… inteligentes.

Habría que abandonar, en fin, ciertos lugares comunes sobre los ricos. Más que amenazarlos con impuestos abrumadores o reprocharles su condición, habría que incitarlos al dispendio. Su dinero se convertiría en puestos de trabajo directos, en actividad económica y, por ende, en aumento de la recaudación fiscal. Muy diferente, en cambio, es el rico que dedica su dinero sólo a producir más dinero. El rico que gasta lo que tiene es un benefactor de la sociedad. El que acumula lo que tiene es, en cambio, un mezquino parásito. El primero merece nuestros elogios y el segundo nuestro desprecio.

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