Isabel Preysler no sabe ser rica

El «Hola» trae esta semana un gran reportaje sobre la nueva y ya famosa casa de los Preysler, habitación por habitación.

A mí lo que más me ha gustado es la caseta del perro. Amo a los animales, soy ecologista, soy verde, soy de la desaparecida Petra Kelly y agradezco a don Miguel Boyer que nos enseñe a los españoles a tener un perro como hay que tenerlo. Ahora comprendo que la brillante carrera política y financiera de este señor ‘tenía un noble fin: dignificar al perro. Y digo al perro porque doña Isabel Preysler estaba ya muy dignificada por sus sucesivos maridos, anuncios, exclusivas, porcelanosas y cosas.

En cuanto a los hijos, han ido siendo dignificados por sus padres plurales con generosas pensiones para vigilancia y guardias privados (pensiones que, según los biógrafos de doña Isabel, ésta invertía en comprarse colorete, mucho colorete).

El propio señor Preysler está ya en la Historia de España y en la Prensa del Corazón, para siempre, de modo que lo que quedaba por dignificar y redimir de esta familia era el perro. Por los perros conoce uno a su dueño y este perro es de buena raza.

He aquí la familia modelo de España, la familia ideal, la familia de diseño con que sueñan todas las manijas, maripuris y horteras del Presupuesto o de la iniciativa privada. Y una caseta de perro en la que viviría muy feliz una familia chabolista de Entrevías. O sea lo que se merece un perro fiel.

La Ecología es la ideología que nos autoriza a tratar a un perro mejor que a un parado, porque un perro guardián no está parado.

Claro que también podían haber puesto un parado en la caseta, de perro guardián, y así teníamos un parado menos y Boyer le echaba una mano en este problema a su viejo amigo Felipe. Lo que tienen que hacer los parados es aprender a ladrar y no andar por ahí de camastrones, cobrando el subsidio. Ahora se comprende, asimismo, que Boyer nacionalizó a Ruiz Mateos porque lo que quería era vivir como Ruiz Mateos o mejor.

Tuvo la honestidad de comerse el carnet del PSOE con grapa y todo y meterse en la empresa privada, que es donde se cultiva «la cultura del pelotazo», como dice mi admirado señorito Juan Luis Cebrián. Su obligación era tener a su dama como una reina, y para eso no da el sueldo de un ministrillo.

De modo que entró de botones con las Koplowitz. La casa a mí me parece de plastiqué, una tienda de muebles, una casa no vivida, el decorado de una comedia que no se va a representar nunca (la comedia la representan fuera, en la calle, en la vida).

En el mismo número del «Hola» viene la casa de Mia Farrow, que es un poema a la cotidianidad, un grato y lírico desorden de jardines, niños, ajedrez, gente sentada por el suelo, cuadros interesantes, y de todo ello emana como un perfume íntimo y literario, con la elocuencia de las cosas vividas y el aura del uso hermoseando cada objeto. Al lado de esto, en páginas paredañas, lo de los Preysler es el panteón de un hombre ilustre. Como que ella es una extranjera que no se ha aclimatado y que realiza el modelo Ymelda Marcos, la que fue su jefa, y él es un economista pequeñoburgués escapado de un matrimonio de tedio y grisalla.

No saben ser ricos. Pero son hoy la pareja emblemática de ese ideal hortera que ha creado el socialfelipismo, y Boyer ha realizado a tope el sueño de miles de sociatas con cargo, que confunden el triunfo político con el alterne.

Uno de los hombres más significativos de la década, Boyer, marca bien la cultura parvenu y consumista que ha creado el PSOE y difundido la televisión. Esta casa es lo que resta tras la pasada por el socialismo. Todo es bonito en las fotos, ya digo, pero a mí me flipa la caseta del perro, con cortinillas como un cabaret o una peluquería.

Cuando se muera el perro, siempre pueden poner ahí un parado de raza que no desmerezca. Los libros aparecen tan intocados e ilectos, en la mansión, como los de la Pantoja. Yo, cuando Corcuera me eche del periodismo, quiero ser el perro de los Boyer.

Los fracasados son los que no tienen inteligencia ni voluntad de llegar a más


El periodismo se cura viajando y es mi primera vez en Nou Barris. El mitin está convocado a mediodía pero llego no más tarde de las 10.00 y le digo al taxi que me deje en el paseo Valldaura. Les han puesto las mismas jardineras que en Mitre, delante de mi casa. En el mercado de la Guineueta, frenético de gente y gasto, los bogavantes se mueven como los de Sarrià y los entrecots lucen sexis y reposados. Paseo por calles y callejas y todo está limpio y ordenado. La vida transcurre alegre y amable. No es un lugar infeliz, ni sin inversión, ni sin infraestructuras. No es Pedralbes pero si éste resulta ser el barrio más humilde de la ciudad, la historia de Barcelona puede considerarse un éxito formidable. En ninguna otra ciudad del mundo el supuesto barrio pobre está tan limpio y equipado.


La plaza Mayor es pequeña y enseguida parece que se ha llenado. Cuando Pablo y Ada llegan, con media hora de retraso, son recibidos con el mismo fervor con que mi tía Lola se arrodilló cuando fue a ver al Papa.

Podemos y sus múltiples marcas son un equipo de fútbol o una banda de rock. Sus hinchas y fans responden al estímulo como ante sus ídolos las masas, y por primera vez se sienten los protagonistas de algo. Ni es razonable su indignación, ni hay en sus planteamientos ninguna lógica, pero se palpa la emoción en el ambiente y cómo el puro odio de las arengas de sus líderes conecta eficazmente con esta frustración general, que es más una moda que el balance ecuánime entre lo mucho que has conseguido tener en comparación con el poco rédito que da tu trabajo.

Podemos es el Atlantic City de las clases bajas, un jacuzzi mental para que los fracasados puedan sentirse víctimas en lugar de culpables. Ada y Pablo no son la solución a ningún problema, pero funcionan como evasión para los que no tienen inteligencia ni voluntad para llegar a más. Su discurso se basa en dos ideas igual de falsas. La primera, que eres pobre porque ellos te robaron. La segunda, que nosotros te devolveremos lo que era tuyo. El mensaje cuaja hasta el punto de que cada asistente vive el momento como si pasara hambre, cuando hace media hora estaba comprando pescado fresco en el mercado; se sulfura como si le hubieran desahuciado cuando vive perfectamente cómodo en su casa, y encarna la épica del desesperado como si viviera entre chabolas y jeringuillas y no en este apacible barrio con muchas más prestaciones y servicios sociales de los que los vecinos podrían pagar con el fruto de su trabajo.

No se les escucha ni a Pablo ni a Ada una sola propuesta para concretar su deseo de mundo mejor, ninguna idea positiva ni mucho menos propositiva. Sólo tremendismo, apocalipsis y fin del mundo. En sus incendiarias proclamas, el principal ingrediente es el insulto. Por ello el candidato más nombrado no es ninguno de los suyos, sino Esperanza Aguirre.

Me marcho cuando algunos de los asistentes me identifican y empiezan a increparme, y sigo en directo por internet la última parte de la intervención de Ada. Cuando la turba se exalta, la democracia es encontrar un taxi.

Groupalia y sus planes gourmet triunfan


No es solo su dulce aroma, sus estrambóticos colores o la cantidad de sabores existentes lo que nos genera una enorme sensación de bienestar al comer un helado. De acuerdo con un estudio realizado por los neurocientíficos del Instituto de Psiquiatría de Londres, el degustar un helado provoca un efecto inmediato en las partes del cerebro que se activan cuando la gente siente placer.


Los ingredientes que generalmente se utilizan en su elaboración como la leche, el azúcar y el chocolate ayudan en la reducción del estrés ante un acontecimiento psicológico o físico, como el dolor, por lo que incluso se llega a recomendar su uso como tratamiento de algunas afecciones.

De acuerdo con la Asociación Internacional de Productos Lácteos, el país en el que más se consume helado es Nueva Zelanda, donde cada habitante llega a tomar 26,3 litros al año. En España nos quedamos un poco lejos, al consumir tan solo 6,5 litros por persona. Otro dato curioso es que, a pesar de la diversidad de sabores a la venta, el más popular a nivel mundial es el de vainilla, seguido por el de menta con chocolate y el de galleta.

El helado está inmerso en la cultura española desde el siglo XIX, cuando se empezó a consumir en las cafeterías de Madrid, Barcelona y Valencia. Aquellos que no podían permitirse el lujo de ir al café, se fabricaban sus propios helados con agua congelada, mezclada con zumo de frutas.

Actualmente, la industria heladera se encuentra en una constante innovación para satisfacer los gustos de todos sus consumidores. Esta necesidad de renovación ha llevado a los productores a incluir en su repertorio sabores que difícilmente asociamos con este postre.

La gastronomía española es reconocida internacionalmente por sus recetas tradicionales, sin embargo, resulta curioso imaginar un helado de jamón ibérico, de tortilla de patatas o de empanada gallega. Estas son algunas de las propuestas más originales para atraer a los clientes de hoy en día. La lista incluye también el helado de cerveza, de pescado y de fabada.

Las nuevas tendencias no han llegado solamente en los sabores. Los expertos en helado gourmet o helado de diseño han aportado también nuevas formas de disfrutar de este alimento y lo ofrecen en sitios como los códigos promocionales de Groupalia, para que el cliente aproveche las mejores ofertas culinarias.

En Madrid, la heladería Mistura ha apostado por la sencillez, elaborando productos artesanales y naturales. Sus productos lácteos provienen de una pequeña granja en las afueras de la ciudad y para sus sabores utilizan frutas de la temporada, sin ingredientes artificiales o conservantes.

Otra heladería que apuesta por los productos de temporada y recetas de alta calidad es Rocambolesc, creada por la repostera mexicana Alejandra Rivas y el chef catalán Jordi Roca. Sus seis sabores de helados, 100% artesanales, pueden ir acompañados por diversos toppings (ingredientes para acompañar el helado) como fruta deshidratada o trozos de galleta.

Entre todas las innovaciones y nuevas tendencias que ha tenido la industria de la heladería en los últimos años, sin duda una de las más importantes ha sido la inaudita expansión del yogur helado.

En España, la primer tienda de yogur helado abrió sus puertas hace apenas 6 años, sin embargo el éxito fue tal que en poco tiempo el mercado se llenó de competidores. Llao Llao, Oh My Good y Cherry Pop son algunas de las heladerías más populares de este estilo.

Esta alternativa al helado tradicional debe una parte de su victoria en el mercado a la apuesta saludable. Con su bajo aporte calórico, su escaso contenido de materia grasa y su beneficioso aporte de calcio y probióticos que ayudan al sistema digestivo, el yogur helado se ha posicionado como un favorito de los que buscan una dieta más sana.

Otra clave del éxito de estas nuevas empresas es la posibilidad que tienen las personas de participar en el proceso de creación. La selección de toppings y salsas hace sentir el cliente que está elaborando un producto especialmente diseñado por él.

Ya sea tradicional, de yogur, artesanal o gourmet, el helado es uno de los alimentos más populares en la sociedad. Aunado al placer que produce la mezcla de la textura y la temperatura, este alimento es consumido generalmente en ocasiones sociales que nos provocan una sensación de bienestar. Es por esto que tanto los factores sensoriales como psicológicos nos hacen asociar el comer un helado con un estado anímico de felicidad.

El consumo de helado en España es de 6,5 litros por persona y el sabor favorito es el de vainilla

En menos de seis años la expansión del yoghurt helado ha acaparado el mercado.

Vuelve el estilo de los años 20


La culpa será de la crisis, pero en cuestiones de moda, o simplemente de vestuario, pudiera dar la impresión de que estamos otra vez en la época de la tricotosa. No es que se esté regresando al tiempo de la confección artesanal, es que el atuendo de muchas personas está deslizándose hacia el espíritu práctico, convencional y sencillo de hace veinte, treinta o cuarenta años, si no más.


La ropa de siempre. Entre tanto cartel chillón, tanta letra de tamaño superlativo que proclama ofertas; entre tanto escaparate sofisticado y tanto eufemismo del lujo, se siguen encontrando tiendas y establecimientos humildes, corrientes, que se atienen desde hace años a lo que una gran parte de la población demanda: comodidad y buen precio.

En estos locales, en la mayoría, no existe el «marketing» y los dependientes, además de que tienen la virtud de saber muy bien lo que llevan entre manos, no suelen ser muchachas de minifalda estrecha, carmín explosivo, colorete generoso y blusa de colores.

No se trata sólo de tiendas lúgubres, de piezas de retales carcomidas por la polilla o de estantes de madera, que también. Tampoco se habla aquí de esos museos de la tela en los que se puede encontrar un ceñido pantalón de torero, un antediluviano smoking que podría haber servido para una película de serie B sobre Drácula o un engolado par de puñetas.

Había que encontrar esos establecimientos modestos, sin ostentación, en cuyas estanterías reposan prendas que siguen navegando impertérritas por encima de todas las tendencias e influjos. Esto no quita para que en cualquiera de estos lugares, que habitualmente funcionan para bolsillos módicos, no puedan verse auténticos artículos de lujo o esa sorpresa imaginativa y punzante con la que adornar nuestro palmito.

Pocos nombres aparecerán en este artículo. Dejemos al albur o a la curiosidad del lector la búsqueda de estos rincones, de estos espacios que, aun perteneciendo a Madrid en este caso, tienen características comunes en todas partes de España.

Para empezar, quien no tenga ni idea del complicado y entramadísimo universo de la moda y la confección, se encontrará de sopetón, de golpe y porrazo, con palabras y conceptos que no habrá escuchado en su vida. La sarga, por ejemplo, bien podría ser una enfermedad tropical, pero he aquí que es un tejido que se obtiene de la lana de la oveja merina, y que pudiendo ser de otro material, como la lana o el lino además se traba diagonalmente.

¿Y el bichi? ¿Qué se sabe del bichi, tejido que ni siquiera aparece registrado en las enciclopedias? Y con la batista, una tela muy tupida de lino o algodón que se usa para lencería, tres cuartas partes de lo mismo. Y así se podría seguir, con el grogré, el piqué o los abrigos de peluche. ¡Abrigos de peluche!

En otras ocasiones, las más frecuente es toparse de bruces es con materiales que se creían desparecidos en las noches de los tiempos. Pero no. Se venden. Nunca han dejado de venderse. Están tan de actualidad como el primer día. Un ejemplo: terlenka. Otro: el tergal. La fibra, lo artificial, el poliéster, es lo que más se solicita «porque a las mujeres de hoy lo que menos les gusta es planchar».

En muchas de estas tiendas lo que prima es la sencillez, el desparpajo y el si no se lo lleva usted hoy, mañana se lo llevará otro, que yo no tengo prisa y, mire, ya llevo aquí cuarenta años. Cuando un establecimiento exclama sin pudor que tiene un gran surtido de fajas de lana, no es que esté anunciándolo; es que está haciendo una declaración de pricipios, y más si justo al lado exhibe relucientes banderas vaticanas, listas para enarbolar por los entusiastas de las visitas papales.

Son de estos sitios en los que, a poco que el comprador se descuide, ya le están echando la cinta métrica alrededor del cuello mientras inquieren por su lugar de procedencia, el trabajo que realiza y la salud de la familia. Vamos, que tienen su encanto, pero en ellos es posible entrar a preguntar por una camisa y acabar llevándose el vestuario que se exige en el concierto de Año Nuevo.

En realidad, la ropa no ha cambiado tanto en los últimos años. Se han acotado los cuellos de las camisas, se ha eliminado la abertura de las americanas -aunque ya hay quien la solicita expresamente en las sastrerías-, y poco más. Hombre, ya han desaparecido, casi, las ligas para los calcetines; los puños se han divorciado de los gemelos, las faldas plisadas ya no se llevan tanto y los calzoncillos largos, por no hablar de los calzoncillos de punto inglés, los de felpa o los de tela de cruzadillo, ya sólo los usan los montañeros, mientras que las camisetas de punto, los pasadores de cuellos y los tirantes de botón viven sus horas más amargas.

Siguen vendiéndose, por otra parte, las guayaberas, también conocidas como cubanas o saharianas, las camisas de popelín o los cuellos de pajarita, por no mencionar las boinas, los «nikys» o los blusones.

En contra de lo que sucedía hasta hace unos años, no es Cataluña la región que más exporta al resto de España. Salva sea la excepción del tejido para los trajes, que en eso sí que tiene la exclusiva. Sin embargo, si se pregunta hoy de dónde provienen las telas con las que se confeccionan la mayor parte de las prendas se comprobará que Galicia y Madrid, y también Aragón, han tomado el relevo. Producen más barato.

Estos comercios pueden tener nombres tan curiosos y alambicados como «Almacén de los sucesores de viuda de José López». Como es de suponer, la tienda es grande porque si no, no cabría el letrero. En general, estas tiendas se distinguen porque su marca comercial cita sin tapujos el carpetovetónico apellido del dueño. Cano, por ejemplo.

Al pan, pan y al vino, vino. Otras, en cambio, se deciden por el patronímico de, en general, la dueña. Mari Angeles, sin ir más lejos. La simplicidad del neón, por supuesto, es directamente proporcional a lo que se expone, pero hay ocasiones en las que, rebuscando, rebuscando, se encuentra algo similar a lo que llevaba Chábeli en aquella portada de una difundida revista femenina. Cuando se entra en una de estas tiendas, a veces tan vacías, da la impresión de que están a punto de invitarte a jugar al parchís.

No se ha dicho nada aquí todavía de los complementos o los zapatos. De los primeros, la verdad, es que no hay mucho que decir. Cinturones y demás se encuentran en estos lugares como las antiguas botellas de Cynar en los colmados. Pero con los zapatos es otra cosa. En un lugar como el barrio de Salamanca podría calzarse, sin grave perjuicio para su hacienda, un bosquimano. ¡Qué precios! Eso sí, desde el tacón a la puntera, desde la suela hasta el empeine, todo parece hecho de una pieza, sin fisuras ni cosidos.

En estas zapaterías, como en las antiguas tiendas que se dedican a vender guantes, la ceremoniosidad suele ser una pieza fundamental. Miman al cliente. Nada de darle un calzador y allá se las componga. No. Nada de eso. A pesar del escaso beneficio que pueda obtener, el mismo dueño suele atender, con una solicitud rayana en la presentación de cartas credenciales, los más nimios caprichos, los cambios de opinión más inverosímiles. En el triste y azaroso caso de mostrar un «tomate» en el calcetín, puede tenerse la seguridad de que nadie hará el mínimo comentario.

En contra de lo que sucede con las prendas de vestir, es común que a estas zapaterías acuda gente joven. Incluso miembros de tribus urbanas en busca de la bota sólida y agresiva, cuasi militar, que más tarde adornarán con una chapa metálica en la puntera. Aquí sí coinciden las estéticas más dispares y las visiones de la vida más encontradas. Acostumbrados, los dependientes ya ni se alteran y los tratan como si fueran provectas ancianitas enlutadas.

Bueno, bonito y barato. Y con sabor. Ese es el lema. Los diplomas de la Cámara de Comercio ilustran las paredes de algunos de estos locales: Establecimiento típico, rezan, pero nadie se aprovecha. Y aún menos cuando la clientela aumenta a causa de los cuartos, que escasean.

Mirada franca, conversación amigable, miradas de parroquianos y parroquianas que escrutan el dónde, el cómo y el porqué de cada visitante desconocido; de cada invitado, podría decirse. Sólo hay que fijarse un poco para encontrarlas. Para gastar una indumentaria, quizás no muy «in», pero efectiva y duradera. Para muchos han pasado los tiempos de las apariencias, aunque tampoco hay que fiarse; en uno de estos establecimientos tan «normales» es donde encarga las camisas -azules, clásicas- José María Aznar.

Quizás, a largo plazo, tengan la batalla perdida. El parte de bajas aumenta. Ejemplo. Un proyecto, una ilusión con nombre tan agresivo como «El Tigre», reposa hoy, marchita por los cartones que la cubren, lanzando desde su opaco cristal el aviso de «local recomendado» y el consejo amistoso de que allí alguien arreglaba cinturones y plisaba faldas; fueron los últimos mensajes de atención que ya nadie atenderá.

Étnica y racial


El primer día de Cibeles ha estado lleno de sorpresas. Muchas, totalmente inesperadas. Aunque nadie dudaba de que Montesinos echaría el resto después de tres años de ausencia, el desfile de Roberto Verino, un diseñador cauteloso, profesional y correcto que rara vez ha rayado en la genialidad, dejó asombrados a muchos.


Valía la pena esperar tres años. Francis Montesinos llevaba ausente de las pasarelas desde l99l. Aunque se hablaba de «descanso sabático», muchos pensaban que el valenciano se iba a ausentar para siempre, como un puñado de los grandes nombres que durante diez años han jalonado la controvertida pasarela.

Sin embargo, ha vuelto echando por tierra aquel adagio de que «segundas partes nunca fueron buenas». En su caso han sido casi mejores. Ha sido un retorno en olor de multitudes, ante un público eufórico que se puso de pie para ovacionarle y que le obligó a hacer tres veces el paseíllo para salir finalmente a hombros. Ha vuelto con un desfile coherente, fiel a sí mismo, en el que ha recreado todas las ideas del pasado que le hicieron el número uno.

Nos ha demostrado también, que es un gran showman, capaz de lograr en pequeña escala lo que hacía a lo grande. Muchos hubiesen pagado por ver el show de ayer, lleno de color, fantasía y un gran sentido del humor, acompañado de una banda sonora genial. Francis es además uno de nuestros diseñadores más raciales, de los que no se avergüenzan de echar mano de sus raíces valencianas para elaborar una coleccion internacional y contemporánea.

La Virgen de los Desamparados, las fallas, la gente de la Albufera, hasta las «tías Marías», adictas al ganchillo que Francis eleva hasta el super chic. Y nadie como él sabe hacer prendas vaqueras, jeans que como decía alguien «te hacen un culo y una pata de escándalo». Incluso su noche canalla, como es la noche canalla valenciana, tenía una elegancia magistral…aunque canalla.

El desfile de Angel Schlesser, a continuación, quedó un poco pálido. Entre otras cosas porque había poco color en sus trajes de gasa lisa o estampada. Sigue siendo el «sí de las niñas», el favorito de las jóvenes ejecutivas que adoran su ropa. Solamente que la simplicidad por la que apuesta necesita una gran producción de peluquería, manicura, zapatos -los de ayer eran preciosos y de Sara Navarro- masas de bisutería buena para aliviar la severidad.

Antonio Pernas, con una colección hipercomercial y correcta, dio paso a la segunda sopresa del día: Un grupo de diseñadores le entregaron una tarta a Cuca Solana (née Pérez Pita) para festejar sus diez años al frente de Cibeles. Emocionó mucho ver a la célebre Sybilla, personaje que mantiene su privacidad con el tesón de un Howard Hughes.

Y finalmente, llegó el momento de Verino, que puso en escena una apertura que dejó al público asombrado y totalmente rendido. El tema, como el del resto de la colección, era el «mestizaje», la mezcla de razas. Sus mujeres de etnias imposibles de definir con exactitud, iban de negro como personajes de Borges, Isabel Allende o Vargas Llosa. Rosario en mano, de lino, algodón, broderie anglaise o blonda, eran las habitantes de un mundo de literatura y sin embargo muy reales.

Poco después volvió a repetir lo mismo en blanco, sólo que en vez de rosarios, sus criollas llevaban talismanes esta vez. Fueron dos salidas maravillosas, y las demás sobraban. Finalmente, el «outsider» del día, Manuel Fernández, presentó una colección con propuestas interesantes que, sin embargo, quedaron eclipsadas por ropa que hubiese resultado divertida hace años en épocas de la Movida, pero que ahora despedían un perfume a dejà vue.

El ganchillo está de moda

Qué fue de aquellos maravillosos bolsos de skay y polipiel? ¿De las batitas de nylon 100% con las que, si te encendías una cerilla, podías morir a lo bonzo? ¿De aquellas perlazas made in Taiwan con iridiscencias y desconchones? Pues nada, siguen en el mismo sitio.

La era Sepu ha vuelto reinventada, posmodernizada y vigorizada. Sí. Sus fans más acérrimas son Vicky y Magda de Suecia. Como os lo cuento, nenas.

Y si ellas se pirran por el ganchillo neopunk y la tachuela ochentosa como servidora, armaniadicta donde las haya, por un modelito de Giorgio, yo, también me reconvierto.

H&M, el parnaso de la moda escandinava, se ha implantado en plena Gran Vía madrileña con un megastore de 300 metros cuadrados y dos pisos en donde hace unos años, servidora, señora del barrio de Salamanca donde las haya, daba rienda suelta a sus bajos instintos: la cleptomanía, porque, ¿qué respetable dama como moi no mangó ni un triste coletero en el Sepu? Todas.

A mí me daba por los reposaplatos. Fíjate qué tontada. Pero tengo una vitrina que me ha quedado preciosa. Anoche, no hacía falta siquiera que te llevaras la chinchilla para ocultar las pruebas del delito. ¡Te lo regalaban!

Cómo son estos suecos. Bueno, te descontaban el 20% de la compra. Para una consumista nata, fetén.

Y si éste hubiera sido poco reclamo para una compradora sin escrúpulos, podía saciar mi curiosidad famoseril gracias a dos modelos de altura y dos actrices de supermoda. Laura Sánchez, sin Enrique, y Almudena Fernández, sin Cameron. Lástima.
Ellas seguro que encantadas: donde esté una buena tarjeta de crédito que se quite todo lo demás, aunque con un novio como Cameron hasta yo me replantearía quemar la American.

Iban vestidas de H&M, ose asé, como recién sacadas del programa Aplauso o de un catálogo temporada Otoño-Invierno 79/80. Pero es que ésa es la moda actual, ya sabéis, leggins verdes con zapatitos amarillos. Heavy, vamos.

Las actrices también acudieron al festorro solitas. Nawja Nimri, con un estilo muy Chanel y la Verbeke, con bomber de motera. Las cuatro como un mapache con tanto rímel. Servidora no está dispuesta a ser menos.

Yo cogí cuatro frasquitos y mi mummy otros tantos, en total: 17. ¡No tenían alarmas antirrobo!