Las imagenes del terror

Estamos asistiendo como espectadores privilegiados a unas mutaciones políticas sensacionales -¿hay que seguir llamándolas revoluciones?, que señalan a la vez el final de una utopía social y de un imperio geopolítico. Y somos espectadores de este hito histórico porque los medios audiovisuales permiten que desayunemos con fotos de las multitudes insurrectas en la República Democrática Alemana y en los telediarios veamos cada día las caras y los gestos de los protagonistas de la gran disidencia antileninista en Europa oriental. Hace tan sólo 70 años estas informaciones habrían llegado hasta nosotros, con nombres propios pero sin rostros con descripciones pero sin imágenes. Ahora podemos verlas y oirlas. Tal como fuimos espectadores de primera fila el pasado verano de cuanto ocurrió en la célebre plaza de Tianamen.

Hace ya años, en su reflexión sobre la fotografía, Susan Sontag escribía que un hecho bien documentado fotográficamente, como la guerra de Vietnam, parecía más real que otro sin imágenes, como el Gulag soviético. Es cierto; de la guerra de Vietnam tenemos conocimiento y memoria gracias a su saturación icónica, pero yo no sabría explicar cómo es el Gulag soviético y hasta me resulta un poco fantasmal, como irreal, lo que no significa que no exista en la realidad. El tema de la visibilidad y de la invisibilidad de la historia vuelve a plantearse en estos días con dos eventos tan distintos y distantes como la invasión de Panamá por las tropas norteamericanas y la insurrección popular contra el dictador Ceaucescu en las calles de Rumania.

COMO HOLLYWOOD.

– Un ejército de fotógrafos y de operadores de televisión nos ha inmerso en un verdadero «show» massmediático sobre la miniguerra caribeña, con algunas imágenes tan buenas, por cierto, que parecen proceder de un film de ficción puesto en escena en estudios de Hollywood. En cambio, de la impenetrable Rumania de Ceaucescu apenas nos llegaron unas astillas gráficas, en comparación con Panamá. Rumania es, como Albania, un país sin imágenes, salvo las imágenes coreográficas que el régimen pone en escena para su autocelebración.

De Albania, ni siquiera eso. Uno empieza a pensar que Albania en realidad no existe y que ha sido una broma inventada por algunos geógrafos guasones.A mí, que me tocó vivir el franquismo de cabo a rabo, el sórdido regimen de Ceaucescu (que solía tener cada verano como huésped ilustre a Santiago Carrillo) me hacía pensar en un franquismo superlativo, el de los años cuarenta, reforzado por el nepotismo familiar en la cúpula del poder. Tampoco era fácil obtener imágenes documentales de las disidencias contra el franquismo y lo sé de buena tinta porque en los años setenta trabajé en esas tareas clandestinas de rodar manifestaciones y de ayudar a televisiones extranjeras que venían a rodar eventos antifranquistas. La resistencia al franquismo está muy val documentada en las fototecas, archivos gráficos y filmotecas. Su invisibilidad se aproxima a la del Gulag soviético, a la de Albania y a la de la resistencia rumana contra el «conducator».Los regímenes autoritarios y totalitarios, como los de Franco, Breznev, Pinochet o Ceaucescu, temen a las imágenes, debido a su excesiva elocuencia. Había aprendido esta lección en España, pero lo corroboré en mi primer viaje a Europa del Este, hará unos veinte años. Fue un viaje a Hungría y mi autobús quedó retenido varias horas en la frontera porque uno de sus pasajeros había tenido la maravillosa idea de fotografiar a unos guardias fronterizos.

El incidente no se saldó con una simple confiscación de rollo, sino que acarreó una larga y minuciosa pesquisa sobre todos los viajeros del autobús, que nos hizo llegar a Budapest ya muy entrada la noche. La elocuencia fotográfica se ha corroborado luego en muchas ocasiones. Es probable que el abandono de Vietnam por los americanos se debiera menos a los editoriales insistentes del «New York Times» o del «Washington Post», que a las imágenes que en sus salas de estar recibían las familias con hijos, hermanos o novios en Indochina. La célebre imagen de un guerrillero del vietcong en primer plano, fulminado por un tiro en la sien del general Loan, hizo más para ilustrar los horrores de aquella guerra que decenas de artículos periodísticos detallando cifras de bajas. Imágenes como ésta poseen una elocuencia obscena. Y esto lo sabían también los dirigentes de Pekín que este verano se lo estuvieron pensando tanto antes de optar por el baño de sangre. El ojo de la historia está hoy en las cámaras fotográficas y de televisión, cuyos enunciados no mienten. Sin el vídeo de Tejero invadiendo las Cortes, acaso flotaría dotavía en ciertos ambientes la creencia de que aquel golpe de Estado fue una «exageración interesada», inventada por los de siempre. . . .

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