Hemingway un viejo verde

Hace solamente un año se reeditó una versión censurada de varios relatos de Hemingway. Se trataba de una colección publicada por Caralt con el título de Los asesinos, en la que entre otros, se incluían los cuentos La capital del mundo y El anciano del puente.

En el primero, cuyo protagonista es un camarero de una pensión madrileña que quiere ser matador de toros y muere haciendo toreo de salón, aparecían suprimidas tres páginas. En el final del segundo, donde Hemingway escribía: «y los fascistas avanzaban», en la versión española aparece: «y las tropas avanzaban», con lo que se pierde el sentido del original que hace referencia directa a la evacuación de los republicanos vencidos ante el avance de las fuerzas franquistas. Mientras existía la censura franquista, resultaban explicables tales supresiones, pero parecía que una nueva censura, en este caso comercial, continuaba ejerciéndose más de quince años después de la muerte del dictador.

Pues los editores no se molestaban en encargar nuevas traducciones y, sea por descuido o por ahorrarse unas pesetas, reeditaban versiones expurgadas, con lo que imponían al lector un Hemingway incompleto y falseado. Sin embargo, el caso de Hemingway parece paradigmático. O eso demuestra un libro que recientemente ha llegado a mis manos. Se trata de La censura de Hemingway en España, de D.E. LaPrade, editado por la Universidad de Salamanca, en 1991. En él se recogen las aventuras -más bien desventuras, que las narraciones del ganador del Premio Nobel de 1954 corrieron en manos de la censura franquista y de los editores que se arriesgaron a publicar sus obras. Empezando por Janés, y siguiendo por Caralt y Lara.

Y no sólo esto, el autor ha consultado los archivos de la censura, y permite que conozcamos las respuestas de los «lectores» -así se llamaba eufemísticamente a los censores, a las preguntas de los informes que debían de rellenar: «LAtaca al Dogma?», «i,A la Moral?», «i,A la Iglesia o sus Ministros?», «i.Al Régimen y a sus instituciones?», «i,A las personas que colaboran con el Régimen?». Indudablemente, con respecto a Hemingway tenían que decir sí a bastantes de ellas. Y, sin embargo, sus libros se editaban. Según el autor de ese trabajo, porque era un escritor prestigioso cuya imagen de España era referencia casi obligada para los extranjeros. Y sobre todo, porque en 1953 se firmó el tratado de ayuda económica con los Estados Unidos, y de ese modo se demostraría la voluntad aperturista de Franco hacia una de las glorias literarias del país.

Aparte de los ejemplos que cité al principio, aparecen otros muchos de supresiones y modificaciones. Entre ellas, está una frase de Al otro lado del río y entre los árboles que, incluso en versiones revisadas de los últimos años continúa censurada. En el original inglés dice: «El general culo gordo Franco». Algo que la edición que -insisto- sigue circulando, se convierte en: «El general asno gordo». Pero hay otras muchas. «Hacer el amor», se convierte en «abrazarse»; «casa de putas» en «taberna». Una frase que traducida literalmente dice: «Experimentaba la dificultad masculina de hacer el amor mucho rato de pie», aparece como: «Experimentando la dificultad masculina de permanecer mucho tiempo con una mujer en brazos». Y los ejemplos se multiplican. En el interesante e ilustrativo trabajo mencionado se recogen casi 50 páginas de modificaciones. Además, nos enteramos de que los censores incluso tienen criterios literarios.

Uno de ellos escribe que El viejo y el mar, «más que novela es un reportaje sobre el mar y el viejo pescador y contiene un mensaje de humildad y ternura». Mientras que Muerte en la tarde plantea a otro censor problemas porque los precios han cambiado en España, entre 1932, cuando Hemingway publicó la versión original, y 1968, año de la traducción. En fin, que cuando en España se habla, o se escribe, de Hemingway basándose en sus traducciones, siempre cabe el riesgo de referirse a otro autor. Por lo que parece imprescindible que se realicen nuevas versiones fiables. Téngase en cuenta que aparte de la censura, la mayoría de los traductores de la época, bien por desconocimiento o por lo que fuera, han entregado un Hemingway que es palidísimo reflejo del original.

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