Los nuevos pecados del siglo XXI

Tienen razón aquellos que dicen que el nuevo catecismo tiene todo de viejo y nada de nuevo. ¿Por qué ha levantado toda esta polvareda de títulos alarmantes en los periódicos la publicación de una buena parte del nuevo catecismo vaticano, desvelando el secreto con que la Santa Sede le tenía encerrado bajo siete llaves?.

Quizás tiene razón monseñor Mario Di Ianni, profesor de Teología de la Universidad Urbaniana de Roma, cuando afirma que los periodistas deberíamos haber leído algún tratado de teología antes de escribir ciertas cosas, porque «en realidad el Nuevo Catecismo presenta grandes novedades». Pero es eso precisamente, el que no sea nuevo, el origen de toda esta polémica en los medios de comunicación de aquellos países con mayoría o grandes áreas de católicos creyentes.

La historia recordará a Juan Pablo II, como el político más viajero de todos los tiempos y como al Papa del catecismo del siglo XXI. El «Catecismo de la Iglesia Católica», firmado y aprobado por Karol Wojtila el pasado 26 de junio, no se hará público hasta después de las Navidades. Sin embargo, son ya abundantes las filtraciones del texto oficial y definitivo, escrito en francés, del nuevo catecismo universal de la Iglesia católica.

La iniciativa de preparar un nuevo catecismo universal, que pusiese al día la doctrina católica, nació del «guardián de la ortodoxia», cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto del ex Santo Oficio, y ha tardado más de siete años en ver la luz. En principio, la iniciativa del cardenal bávaro fue contestada por los episcopados más progresistas, que temían una nueva operación reaccionaria del Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, así como el arrinconamiento de los diversos catecismos nacionales. El más famoso de ellos por el escándalo que suscitó en Roma fue el catecismo holandés, que, a pesar de contar con la aprobación del episcopado de los Países Bajos, fue censurado por el Vaticano.

Para cortar de raíz los problemas planteados por este y otros catecismos nacionales, el cardenal Ratzinger propuso al Papa un nuevo texto unificado que sirviese de referencia obligada para los más de 900 millones de católicos de todo el mundo. El resultado es este nuevo compendio de la fe y moral católicas, elaborado por una comisión especial, presidida por el propio Ratzinger, y de la que formó parte el arzobispo castrense español, José Manuel Estepa. El Nuevo Catecismo, que sustituye a aquél, aún vigente, de Pío X de 1912 consta de 427 páginas, redactadas en francés en su versión original, y dividido en cuatro partes. Las nuevas tablas de la ley Wojtyla no han sido reveladas en el Monte Sinaí, sino que han sido meticulosamente estudiadas a la sombra protectora de las colinas de Roma, por siete cardenales, quince obispos y otra serie de expertos religiosos reunidos en una comisión nombrada en 1986 por Juan Pablo II.

En el tercer capítulo vienen reescritos, por así decirlo, los diez mandamientos, con los pecados, casi cotidianos, enumerados minuciosamente, que debe cumplir el buen cristiano si pretende alcanzar la salvación eterna. Lo que enseguida ha despertado perplejidad, no solo entre laicos sino también entre creyentes, ha sido la interpretación del quinto mandamiento: no matarás. Según el Vaticano, se puede matar ya que aprueba «la guerra justa, que es aquella de legítima defensa», ya que -dice- «defenderse de los agresores pueda ser no sólo un derecho sino un deber».

En cuanto a la pena de muerte, el Nuevo Catecismo -que debería ser como la ley coránica en el Nuevo Orden Mundial propugnado por Wojtyla- pontifica que «la autoridad pública tiene el derecho y la obligación de castigar con penas proporcionadas, comprendida la pena de muerte…». Naturalmente sería preferible, apostilla el nuevo decálogo, no tener que usar estas medidas si se pueden poner otros remedios. Es decir, que se recomienda pensárselo dos veces antes de mandar en vuelo a los B-52 o enchufar la corriente a la silla eléctrica.

En realidad la Iglesia siempre ha justificado «la guerra justa» y para ella los grandes conflictos, en cuanto inevitables, han sido, también casi siempre, «de legítima defensa». Gran parte de la teología moderna habla de la guerra, cualquiera que sea, como intrínsecamente injusta. Y es famoso ese angustiado ¡no a la guerra! gritado por Pablo VI en su discurso ante las Naciones Unidas. Ni de la una ni del otro parecen haber hecho caso los redactores del nuevo decálogo vaticano, siguiendo así una tradición belicista que incluso se ha mantenido en tiempos bien recientes. «En 1935 cuando Mussolini cayó sobre Abisinia entre las frenéticas alabanzas de los prelados italianos uno de sus principales proveedores de guerra fue una fábrica de comunicaciones del Vaticano» (Deschner). Y en cuanto a la pena de muerte ha estado vigente en el Vaticano de derecho, aunque no de hecho, ¡hasta 1969!, siendo Papa Pablo VI.

La última ejecución ordenada por un Papa fue en 1868 cuando dos patriotas romanos «carboneros», Monti y Tognetti, subieron al patíbulo, en la Piazza del Popolo, condenados por Pío IX. Desde entonces, como dijo una vez el cardenal Tardini, «en el Vaticano sólo se muere de indigestión». Ya Simone de Beauvoir escribió que «la Iglesia autoriza la muerte de hombres hechos y derechos: en las guerras o cuando se trata de condenados a muerte; pero reserva para el feto un humanitarismo intransigente». El quinto mandamiento también condena a los traficantes y productores de droga, así como a los que abusan «de la mesa, del alcohol, el tabaco y las medicinas». También cometen pecado mortal, según el nuevo catecismo, «quienes en estado de ebriedad o por gusto inmoderado de la velocidad ponen en peligro la seguridad de otros o la propia».

Otro pecado que se considera grave es el escándalo, que puede ser provocado por un individuo o «por las leyes, las instituciones, la moda o las opiniones». De ahí que el catecismo romano asegure que el ciudadano «está obligado en conciencia a no seguir los preceptos de las autoridades civiles, cuando estos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas y a las enseñanzas del Evangelio». Mientras el catecismo de Pío X dedicaba siete líneas al demonio del sexo, el nuevo lo explica en diez páginas. Las ofensas a la castidad van de la masturbación, a la fornicación, la prostitución, la pornografía, la homosexualidad, la violencia sexual, el divorcio, el adulterio y la unión libre de parejas no casadas.

Para la prostitución el Nuevo Catecismo cierra un ojo, al encontrar atenuantes en el caso de «miseria, chantaje o presión social». En realidad todos los textos sacros, desde la bíblica Rahab, prostituta de Jericó, a los padres de la Iglesia, han mirado siempre con benevolencia y una cierta simpatía a las ejercientes del oficio más antiguo del mundo. San Agustín decía: «Expulsa a las cortesanas y enseguida las pasiones convulsionarán todo, ellas son de costumbres impuras, pero las leyes del orden les reservan un puesto, aunque sea el más vil» y santo Tomás admitía la legitimidad de las limosnas dadas por las prostitutas a la Iglesia diciendo que «es la condición de la prostituta la que es torpe, pero no aquello que gana». Pecados contra el primer mandamiento serían, entre otros, «dedicarse a todas las formas de adivinación, como leer horóscopos, consultar astrólogos, recurrir a mediums, practicar el espiritismo, y llevar amuletos». Adiós, pues, a las echadoras de cartas; si Eugenia de Montijo hubiera leído el catecismo de Wojtyla no habría sido emperatriz de Francia. Pero esto es natural.

Es un grito de alarma ante la creciente demanda del mundo moderno de un no bien determinado deseo de creer en el más allá y en entidades extrasensoriales. La Iglesia, que mantiene gran parte de su autoridad y poder persuasivo a través de ritos mágico-divinos, ve con temor la expansión de todas estas prácticas «competitivas»; al igual que el confesor siempre ha sospechado de Freud, objeto ahora de una recientísima condena por parte de «Civiltá Cattolica», la prestigiosa revista de los jesuitas de Roma.

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