Más hombres que mujeres son desviados

Altos, bajos, feos, guapos, del montón (del montón bueno y del malo)… Osos, leather, fashion, esclavos, amos, musculocas, ciclados, reivindicativos… Cientos de miles de hombres y mujeres (más hombres que mujeres) pasearon ayer por las calles más céntricas de la capital cumpliendo con el rito anual de exhibir su orgullosa condición de homosexuales.

El día grande de la celebración del Orgullo Gay de Madrid no defraudó a quienes se fiaron de las críticas internacionales sobre el evento, que sitúan al desfile madrileño entre los más importantes y coloridos del mundo. Desde luego, colores no faltaron: desde el blanco níveo de los vecinos llegados del norte de Europa hasta el tostado sabrosón que exhibían sin pudor los latinos. «¡Dios mío, cómo está la cosecha», proclamaba el veinteañero Raúl en la calle de Hortaleza, camino de la marea que colapsaba la Gran Vía.

En realidad, Raúl no era Raúl. Y muchos otros tampoco eran lo que aparentaban ser: no pocos participantes en el Orgullo madrileño asisten con la expectativa de respirar el aire de libertad que se les niega en sus lugares de residencia. «Claro que no me llamo Raúl, pero viniendo de Cuenca y con dos datos más… lo mismo empiezan a señalarme», confiesa. «En mi país me llevaría unos cuantos palos por ir vestido así», asegura Jhony, ecuatoriano, «menos de 18 años», descamisado, pecho de purpurina y media nalga al aire tras un minúsculo tejano lleno de respiraderos.

Es por eso que la multitudinaria marcha, que reunió a más de un millón de personas, según los organizadores, tuvo mucho de exorcismo colectivo a las discriminaciones que perpetra aquella otra España intransigente que aún late bajo una apariencia de modernidad y tolerancia. «Participas en esto, ves millones de gente como tú y llegas como nuevo al pueblo», reconoce un amigo de Raúl. Amigo «con derecho a roce», matiza el también conquense, que sella su declaración con un beso en los labios de su compañero. Y los dos se pierden de la mano en la cabalgata, quizá soñando con una casa colgante de color rosa.

Mientras, las calles de Madrid estallaban en colores de arcoíris, convertidas en pasarela donde ver y ser vistos. Operación bikini-bañador adelantada, torsos depilados que a duras penas conseguían esconder el imparable avance de la naturaleza, posados al estilo Balotelli…

Poco después de las 18 horas, la manifestación se pone en marcha con su ya tradicional ristra de políticos y sindicalistas a la cabeza a la búsqueda y captura de la foto, parapetados tras una pancarta en defensa del matrimonio homosexual. «Amarse entre iguales no es tan diferente», «Vamos de culo, por fin con orgullo», «Estado laico igualitario», «Homofobia es machismo» fueron algunas de las pancartas que arropaban a los invitados vip del evento, quienes insistían en que el recurso presentado por el PP ante el Constitucional en contra del matrimonio gay es «un paso atrás, una cesión de derechos que no se puede permitir».

Envueltos en una algarada de proclamas contra el partido gobernante, la Iglesia y Rajoy, el manifestódromo oficial repartía sonrisas a las cámaras, tan plásticas como la pretensión de revestir de predicación laica lo que el pueblo ha decidido ya que es principalmente una fiesta.

Y a la fiesta no faltaron los clásicos: los obispos; las monjas; las señoras por un día, absolutamente metidas en su papel; los musculosos boys que pierden todo su halo de virilidad tras pronunciar la primera palabra; los culos al aire; los besos con lengua; las carnes prietas y las carnes fofas; los marineritos… Todo valía con tal de que el disfraz diera la oportunidad de marcar… estilo. ¿Estereotipos? Estaban todos.

Más de tres horas después, cuando la cabecera de la cabalgata llegó a su destino en la plaza de España, la cola de la manifestación aún no había abandonado su lugar de arranque, el Parque del Retiro. «No hay ningún acto en Madrid con tanta gente y tan pocos incidentes», aseguraba a EM2 un policía en la Gran Vía, por algunas horas la discoteca más grande del mundo.

Mientras, en Chueca, epicentro emocional de la fiesta y parque temático de la celebración, gays, lesbianas y vecinos del barrio «de toda la vida» comparten el espacio en una suerte de convivencia difícil de reproducir. «No molestan nada de nada. Son muy educados y enseguida te cuentan sus cosas. Le han dado vida al barrio», defiende Ángela, que peina canas y comparte banco con una drag queen que se queja de cuánto le duelen los pies. «¡Chica, con esos tacones, ¿qué quieres?!», sentencia la anciana.

Avanza la noche y, pese a que ha refrescado bastante, otro tipo de calor suma enteros. Aumentan los arrumacos, los besos, las camisetas mojadas, las miradas interesadas… los amigos se abrazan y los desconocidos se prometen amistad eterna. Poco a poco, el personal se reparte entre las decenas de fiestas en los lugares de ambiente o ambientados para la ocasión. Es el momento del Orgullo más íntimo. Pero ése es otro tema. Como en Las Vegas, lo que pasa en el Orgullo se queda en el Orgullo. ¿Entiendes?.

Un arcoíris indignado
«Travestis, camioneras, sin techo, chaperos y maricones de todos los colores la liaron parda el 28 de Junio de 1969». Inspirada en los disturbios de Stonewall, origen de la fiesta del Orgullo, la Asamblea Transmaricabollo de Sol participó ayer de mano de los Ciclobollos Dykes on Bikes en el desfile en clave indignada. El grupo, una rama del 15-M, critica el carácter «comercial y consumista» de la fiesta. Previamente habían celebrado en Lavapiés su manifestación del «Orgullo indignado», con más ilusión que resultados. Sus contundentes lemas, «Hoy tomamos el Orgullo. Pero mañana te tomamos a ti. Escóndete si puedes», pasaron casi desapercibidos.

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