Froilán es clavado al abuelo

Ya se ha publicado el primer retrato del nieto del Rey. Juan Froilán de Todos los Santos ha salido en la prensa española, retrato por un pintor famoso, montadito en su caballo. Y es prudente que la Casa Real se preocupe de estas cosas, garantizado que, dentro de cien años, ese retrato esté en el Prado y salga en las Historias de España por fascículos. Las generaciones futuras comentarán lo mono que estaba el chaval, igual que nosotros hemos conocido a Carlos III o a Fernando VII en las estampas de los libros.

Y es que, ¡hay que ver la afición que esta gente de sangre azul ha tenido siempre a retratarse! En un plis-plas, cuando se veían guapos y favorecidos, llamaban a Goya. Se ponían de tiros largos, se ceñían las bandas, se colgaban las medallas, sacaban los perros y formaban delante de alguna cortina. ¡Hala! ¡Toda la familia, a hacerse un retrato en grupo! Luego no los ponían en un álbum. Los colgaban en las paredes y los enseñaban a las visitas. ¡Mira la Infanta, que mona estaba el día que se rindió Breda! El traje lo estrenaba ese día.

Había que ver a Velázquez, llegando a Palacio con el lienzo para pintar «Las Meninas». Después de arrastrarlo por las calles de Madrid, que no le llegaban los brazos. Con los bolsillos llenos de pinceles. «¡Paso, que mancho! Que me esperan en Palacio, para retratar a las Meninas». Y, mientras, aquellas, allí plantadas. Esperándole, aguantando la postura y con el perro tumbado a un lado.

Pero lo difícil era retratar batallas, que incluso les tocaba contratar extras, porque no era cuestión que los ejércitos perdieran media jornada posando. O cuando se empeñaban en salir encima del caballo, que también eso les gustaba un rato largo. Porque no sirve cualquier caballo. Hace falta uno que sepa aguantar la patita levantada mientras Velázquez remataba la faena.

Ahora, que se ve que a los santos les pasaba lo mismo. En cuanto notaban que el cuerpo les pedía hacer algún milagro, llamaban a Zurbarán. El clero tenía más confianza en Zurbarán, que sabía un rato de sotanas, el tío. ¡Las hacía muy lucidas! Con sus pliegues, con sus caídas… Santos serían, pero les entusiasmaba salir guapos y resplandecientes. Total para nada.

Para luego meterlos en aquellas iglesias oscuras, llenas de incienso, con el predicador del turno subido al púlpito, cabreado como una mona y amenazando a la feligresía con la condenación eterna. Aunque también en esto se han hecho chapuzas, porque tengo vistos cuadros representando el Juicio Final en los que el infierno parece sacado de la barraca del Tren de la Bruja.

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