Sara Carbonero y la telebasura

El cine, hasta el que podría llegar a ser bueno, tampoco se escapa de esa máxima tan asumida de nuestros días que le grita hasta a los más coherentes eso de que manda el que paga. Es la sensación de la que se sale de la comedia Amigos, una película que divierte excepto en aquellas descaradas escenas en las que se adivina la manipulación que ha hecho de ella la cadena de televisión que la produce.

Sólo así se llega a entender que en este largometraje sobre la avaricia humana y el siempre cambiable sentido de la amistad se cometan injusticias como la de colocar entre los créditos principales el de Sara Carbonero. Y que, por consiguiente, en la calle quien no la ha visto se refiera a la cinta como aquella en la que sale la periodista, cuando su aparición se limita a segundos de telediario como los que alimentan la rutina que, como al común de los mortales, la hace levantarse de la cama todos los días para irse a trabajar.

Eso sí, todo sea dicho, este detalle es algo mínimo si se tienen en cuenta recursos tan burdos como los dos atropellos cometidos por un artista flamenco de etnia gitana llamado Farrita, porque los responsables de la película no se han tomado la molestia de llamarle Farruquito. Y, la verdad, es que si partimos de la base de que con la apología de los delitos no se juega esto bastaría para descalificar todo lo que nutre una comedia que llega a convencer.

Más allá del desfile de presentadores de Telecinco y del regodeo en los realities de esta cadena, al parecer por exigencias ajenas al guión original, Amigos es una comedia que no está mal.

Se trata del primer largometraje de Marcos Cabotá, y quizás también sería el debut en el género de Borja Manso si no se contase aquella película titulada Real que produjo el propio Real Madrid. Es más, un posible agradecimiento a los favores recibidos también justificaría las constantes alusiones al club blanco.

Aunque, pese a todo esto y a todo lo anterior, Amigos se salva. Y quizás ocurra porque la historia recae sobre un elenco de protagonistas en el que Ernesto Alterio, Diego Martín y Alberto Lozano están a la altura de lo que le exige una película en la que también participan Goya Toledo y Manuela Velasco, entre otros intérpretes secundarios.

También hay cameos de famosos, al más estilo Torrente, como los del tenista Carles Moyá o la presentadora Carolina Cerezuela, y guiños al musical que confirman la descarada búsqueda del taquillazo de la que parte el proyecto. Y quizás obtenga una respuesta importante cuando se estrene en las próximas fechas, porque uno de sus directores, Borja Cabotá lleva razón cuando asegura que ésta es «una clara comedia española», y eso a la gente le gusta.

Es más, ese género tan cultivado por el celuloide nacional se reivindica hasta el punto que tanto sus directores como los actores coincidieron al asegurar en tono reiterativo que lo que en ella se cuenta «no es una crítica, sino una comedia».

Con un final desastroso que estropea muchos de sus logros y alusiones a la telebasura que sobran, a Ernesto Alterio le faltó tiempo ayer para justificarse: «Una de las condiciones que puse para hacer la película es que pudiera destrozar literalmente la casa de Gran Hermano», aseguró el actor.

En esa línea, uno de sus directores, Borja Manso insistió en que «todos los temas se han tratado con cierta sensibilidad, y se que ha querido dejar claro que se trata de una comedia que en ningún caso pretende ofender».

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