Dulce pájaro de juventud y Paul Newman

En Hollywood es tradición asentadísima que para que a una guapa le den un Oscar tiene que hacer una película disfrazada de fea. Creo recordar que la última fue Charlize Theron, pero seguro que fue la penúltima. La gente se pasa la vida yendo al cine para ver a gente guapa pasando las de Caín para que al final indulten a Abel, pero le gusta creer que no es la belleza lo que le lleva a hacer cola para gastarse el dinero en taquilla.

Por supuesto, el talento de una buena actriz o de un buen actor puede llenar las salas e imponerse a tantas bellezas insípidas, pero es que ese talento también consiste en recrearse como personajes atractivos, seductores, conmovedores, enternecedores o letal, perversa y eróticamente despóticos. Pero no siempre esa mutación a lo Bette Davis es posible por mucho talento que tengan, pongamos por caso, Telma Ritter o Lola Gaos.

A cambio, hay bellezas tales que oscurecen hasta la posibilidad de disfrazarse de feas y su empeño en fingirse actores está condenado al fracaso. Normalmente, la edad remedia esa ventaja de los verdes años, que es desventura de los veranos y resurrección en los otoños, pero a veces hasta eso resulta imposible. Es el caso de Paul Newman, que se ha ido con el mismo porte deslumbrantemente soso de sus salsas y al que, por más que se empeñen los críticos, no convertirán en un actor como James Cagney o Humphrey Bogart; ni siquiera Cary Grant.

Paul Newman nació guapo y guapo ha muerto. Sin quejarse de serlo, que no es poco, y sin empeñarse en lo imposible, que era negarlo. Pero a lo más que pudo llegar es a interpretar el papel del que convive con su belleza. Algo bastante más fácil en una mujer -Marilyn- que en un hombre -Dean o Brando, entre otros; incluso Redford, que sólo pudo pasar por actor a la sombra de Newman-.

El culto a los guapos muertos, la cinefilia mitómana (valga la redundancia) ha llegado a reivindicar como películas las que dirigió en homenaje a su blanca y desnatada segunda esposa, Joanne Woodward. Nadie recuerda a la primera, por aquello del mito del bello fidelísimo; pero cuando yo iba al cine vi Rachel, Rachel y El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, y son dos pestiños atroces. Ni aposta recuerdo una película con Newman como estrella en la que pareciera otra cosa que guapo.

Tampoco Dos hombres y un destino, un duelo casto pero casi tan gay como Ben Hur, y así lo prueba el inverosímil personaje de la sumisa Katharine Ross, superando en mandíbula a los adonis. Sólo en Al caer el sol me pareció que Newman alcanzaba ese esplendor de los viejos actores guapos como Henry Fonda. Pero su mejor escena es cuando en Dulce pájaro de juventud le rompen la nariz para que no enamore a nadie más. Es imposible dudar de que estamos en el cine y de que esa nariz no puede romperse. Nunca se rompió.

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