Letizia Ortiz marcando huesos

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Se ha discutido profusamente si el Príncipe debía contraer nupcias siguiendo los dictados del corazón o, si por el contrario, debía ser fiel a la tradición y conservar sine mácula el Rh que le procura la historia. La segunda vía, por sacrificada, se presentaba llena de sombras e incertidumbres que podían poner en peligro la felicidad del futuro rey. ¿Pero es consustancial la felicidad a la condición de monarca? La respuesta es no.

De un rey lo único que se debe esperar es que se convierta en auténtico garante de las libertades de una nación y que la represente de una forma justa y digna. Poco debe importar que sea feliz, y nada, absolutamente nada, que por imperativos de la sangre, le pueda tocar en suerte una mujer atroz. Es este oficio donde prima lo simbólico sobre lo real, es imprescindible conservar al símbolo, y no pretender acariciar el secular deseo de la suegra borracha y la bota llena, puesto de moda por los vástagos de las monarquías europeas. Dicho en otras palabras: si busca amor, que renuncie a sus prebendas.

Sea como fuere, ha salido el corazón triunfante. La afortunada: una periodista asturiana de clase media. Su belleza, promesa de felicidad, dicen que va a devolver la sonrisa al Príncipe.Y el país entero, -animado quizás por las temperaturas clementes de los últimos días- se ha echado a la calle para celebrarlo.¿Es acaso el amor que le profesa a Letizia, garantía de que el futuro monarca lleve la nave a buen puerto?

Pero hay algo en esta historia que resulta excesivamente molesto para el pueblo llano. Se ha descrito a Letizia Ortiz Rocasolano como el no va más de la condición humana. Su serena, resuelta y desinhibida -excesivamente desinhibida, por cierto- actuación en la pedida de mano ha maravillado al país, aunque para ella no fuera más que otro telediario, con la diferencia de que en esta ocasión se narraba a sí misma.

Entre sus credenciales, anunciadas a bombo y platillo, figuran las de ser una incesante trabajadora, estar firmemente comprometida con su labor diaria y ser una profesional como la copa de un pino. Pero por el amor de Dios, ¿cuántas personas con estas mismas características pueblan la geografía española en el más oscuro anonimato? Que tengo yo trato con humildes labriegos. Sacrificados y probos operarios que trabajan de sol a sol y sol tras sol.Y sin embargo, nunca salieron en la tele, y nunca ningún organismo les reconoció su esfuerzo. Por tanto, seamos prudentes en las críticas, pero seamos también mesurados en las alabanzas. Letizia Ortiz todavía tiene todo por aprender.

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