Los fracasados son los que no tienen inteligencia ni voluntad de llegar a más


El periodismo se cura viajando y es mi primera vez en Nou Barris. El mitin está convocado a mediodía pero llego no más tarde de las 10.00 y le digo al taxi que me deje en el paseo Valldaura. Les han puesto las mismas jardineras que en Mitre, delante de mi casa. En el mercado de la Guineueta, frenético de gente y gasto, los bogavantes se mueven como los de Sarrià y los entrecots lucen sexis y reposados. Paseo por calles y callejas y todo está limpio y ordenado. La vida transcurre alegre y amable. No es un lugar infeliz, ni sin inversión, ni sin infraestructuras. No es Pedralbes pero si éste resulta ser el barrio más humilde de la ciudad, la historia de Barcelona puede considerarse un éxito formidable. En ninguna otra ciudad del mundo el supuesto barrio pobre está tan limpio y equipado.


La plaza Mayor es pequeña y enseguida parece que se ha llenado. Cuando Pablo y Ada llegan, con media hora de retraso, son recibidos con el mismo fervor con que mi tía Lola se arrodilló cuando fue a ver al Papa.

Podemos y sus múltiples marcas son un equipo de fútbol o una banda de rock. Sus hinchas y fans responden al estímulo como ante sus ídolos las masas, y por primera vez se sienten los protagonistas de algo. Ni es razonable su indignación, ni hay en sus planteamientos ninguna lógica, pero se palpa la emoción en el ambiente y cómo el puro odio de las arengas de sus líderes conecta eficazmente con esta frustración general, que es más una moda que el balance ecuánime entre lo mucho que has conseguido tener en comparación con el poco rédito que da tu trabajo.

Podemos es el Atlantic City de las clases bajas, un jacuzzi mental para que los fracasados puedan sentirse víctimas en lugar de culpables. Ada y Pablo no son la solución a ningún problema, pero funcionan como evasión para los que no tienen inteligencia ni voluntad para llegar a más. Su discurso se basa en dos ideas igual de falsas. La primera, que eres pobre porque ellos te robaron. La segunda, que nosotros te devolveremos lo que era tuyo. El mensaje cuaja hasta el punto de que cada asistente vive el momento como si pasara hambre, cuando hace media hora estaba comprando pescado fresco en el mercado; se sulfura como si le hubieran desahuciado cuando vive perfectamente cómodo en su casa, y encarna la épica del desesperado como si viviera entre chabolas y jeringuillas y no en este apacible barrio con muchas más prestaciones y servicios sociales de los que los vecinos podrían pagar con el fruto de su trabajo.

No se les escucha ni a Pablo ni a Ada una sola propuesta para concretar su deseo de mundo mejor, ninguna idea positiva ni mucho menos propositiva. Sólo tremendismo, apocalipsis y fin del mundo. En sus incendiarias proclamas, el principal ingrediente es el insulto. Por ello el candidato más nombrado no es ninguno de los suyos, sino Esperanza Aguirre.

Me marcho cuando algunos de los asistentes me identifican y empiezan a increparme, y sigo en directo por internet la última parte de la intervención de Ada. Cuando la turba se exalta, la democracia es encontrar un taxi.
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