Vuelve el estilo de los años 20


La culpa será de la crisis, pero en cuestiones de moda, o simplemente de vestuario, pudiera dar la impresión de que estamos otra vez en la época de la tricotosa. No es que se esté regresando al tiempo de la confección artesanal, es que el atuendo de muchas personas está deslizándose hacia el espíritu práctico, convencional y sencillo de hace veinte, treinta o cuarenta años, si no más.

La ropa de siempre. Entre tanto cartel chillón, tanta letra de tamaño superlativo que proclama ofertas; entre tanto escaparate sofisticado y tanto eufemismo del lujo, se siguen encontrando tiendas y establecimientos humildes, corrientes, que se atienen desde hace años a lo que una gran parte de la población demanda: comodidad y buen precio.
 
En estos locales, en la mayoría, no existe el «marketing» y los dependientes, además de que tienen la virtud de saber muy bien lo que llevan entre manos, no suelen ser muchachas de minifalda estrecha, carmín explosivo, colorete generoso y blusa de colores.
 
No se trata sólo de tiendas lúgubres, de piezas de retales carcomidas por la polilla o de estantes de madera, que también. Tampoco se habla aquí de esos museos de la tela en los que se puede encontrar un ceñido pantalón de torero, un antediluviano smoking que podría haber servido para una película de serie B sobre Drácula o un engolado par de puñetas.
 
Había que encontrar esos establecimientos modestos, sin ostentación, en cuyas estanterías reposan prendas que siguen navegando impertérritas por encima de todas las tendencias e influjos. Esto no quita para que en cualquiera de estos lugares, que habitualmente funcionan para bolsillos módicos, no puedan verse auténticos artículos de lujo o esa sorpresa imaginativa y punzante con la que adornar nuestro palmito.
 
Pocos nombres aparecerán en este artículo. Dejemos al albur o a la curiosidad del lector la búsqueda de estos rincones, de estos espacios que, aun perteneciendo a Madrid en este caso, tienen características comunes en todas partes de España.
 
Para empezar, quien no tenga ni idea del complicado y entramadísimo universo de la moda y la confección, se encontrará de sopetón, de golpe y porrazo, con palabras y conceptos que no habrá escuchado en su vida. La sarga, por ejemplo, bien podría ser una enfermedad tropical, pero he aquí que es un tejido que se obtiene de la lana de la oveja merina, y que pudiendo ser de otro material, como la lana o el lino además se traba diagonalmente.
 
¿Y el bichi? ¿Qué se sabe del bichi, tejido que ni siquiera aparece registrado en las enciclopedias? Y con la batista, una tela muy tupida de lino o algodón que se usa para lencería, tres cuartas partes de lo mismo. Y así se podría seguir, con el grogré, el piqué o los abrigos de peluche. ¡Abrigos de peluche!
 
En otras ocasiones, las más frecuente es toparse de bruces es con materiales que se creían desparecidos en las noches de los tiempos. Pero no. Se venden. Nunca han dejado de venderse. Están tan de actualidad como el primer día. Un ejemplo: terlenka. Otro: el tergal. La fibra, lo artificial, el poliéster, es lo que más se solicita «porque a las mujeres de hoy lo que menos les gusta es planchar».
 
En muchas de estas tiendas lo que prima es la sencillez, el desparpajo y el si no se lo lleva usted hoy, mañana se lo llevará otro, que yo no tengo prisa y, mire, ya llevo aquí cuarenta años. Cuando un establecimiento exclama sin pudor que tiene un gran surtido de fajas de lana, no es que esté anunciándolo; es que está haciendo una declaración de pricipios, y más si justo al lado exhibe relucientes banderas vaticanas, listas para enarbolar por los entusiastas de las visitas papales.
 
Son de estos sitios en los que, a poco que el comprador se descuide, ya le están echando la cinta métrica alrededor del cuello mientras inquieren por su lugar de procedencia, el trabajo que realiza y la salud de la familia. Vamos, que tienen su encanto, pero en ellos es posible entrar a preguntar por una camisa y acabar llevándose el vestuario que se exige en el concierto de Año Nuevo.
 
En realidad, la ropa no ha cambiado tanto en los últimos años. Se han acotado los cuellos de las camisas, se ha eliminado la abertura de las americanas -aunque ya hay quien la solicita expresamente en las sastrerías-, y poco más. Hombre, ya han desaparecido, casi, las ligas para los calcetines; los puños se han divorciado de los gemelos, las faldas plisadas ya no se llevan tanto y los calzoncillos largos, por no hablar de los calzoncillos de punto inglés, los de felpa o los de tela de cruzadillo, ya sólo los usan los montañeros, mientras que las camisetas de punto, los pasadores de cuellos y los tirantes de botón viven sus horas más amargas.
 
Siguen vendiéndose, por otra parte, las guayaberas, también conocidas como cubanas o saharianas, las camisas de popelín o los cuellos de pajarita, por no mencionar las boinas, los «nikys» o los blusones.
 
En contra de lo que sucedía hasta hace unos años, no es Cataluña la región que más exporta al resto de España. Salva sea la excepción del tejido para los trajes, que en eso sí que tiene la exclusiva. Sin embargo, si se pregunta hoy de dónde provienen las telas con las que se confeccionan la mayor parte de las prendas se comprobará que Galicia y Madrid, y también Aragón, han tomado el relevo. Producen más barato.
 
Estos comercios pueden tener nombres tan curiosos y alambicados como «Almacén de los sucesores de viuda de José López». Como es de suponer, la tienda es grande porque si no, no cabría el letrero. En general, estas tiendas se distinguen porque su marca comercial cita sin tapujos el carpetovetónico apellido del dueño. Cano, por ejemplo.
 
Al pan, pan y al vino, vino. Otras, en cambio, se deciden por el patronímico de, en general, la dueña. Mari Angeles, sin ir más lejos. La simplicidad del neón, por supuesto, es directamente proporcional a lo que se expone, pero hay ocasiones en las que, rebuscando, rebuscando, se encuentra algo similar a lo que llevaba Chábeli en aquella portada de una difundida revista femenina. Cuando se entra en una de estas tiendas, a veces tan vacías, da la impresión de que están a punto de invitarte a jugar al parchís.
 
No se ha dicho nada aquí todavía de los complementos o los zapatos. De los primeros, la verdad, es que no hay mucho que decir. Cinturones y demás se encuentran en estos lugares como las antiguas botellas de Cynar en los colmados. Pero con los zapatos es otra cosa. En un lugar como el barrio de Salamanca podría calzarse, sin grave perjuicio para su hacienda, un bosquimano. ¡Qué precios! Eso sí, desde el tacón a la puntera, desde la suela hasta el empeine, todo parece hecho de una pieza, sin fisuras ni cosidos.
 
En estas zapaterías, como en las antiguas tiendas que se dedican a vender guantes, la ceremoniosidad suele ser una pieza fundamental. Miman al cliente. Nada de darle un calzador y allá se las componga. No. Nada de eso. A pesar del escaso beneficio que pueda obtener, el mismo dueño suele atender, con una solicitud rayana en la presentación de cartas credenciales, los más nimios caprichos, los cambios de opinión más inverosímiles. En el triste y azaroso caso de mostrar un «tomate» en el calcetín, puede tenerse la seguridad de que nadie hará el mínimo comentario.
 
En contra de lo que sucede con las prendas de vestir, es común que a estas zapaterías acuda gente joven. Incluso miembros de tribus urbanas en busca de la bota sólida y agresiva, cuasi militar, que más tarde adornarán con una chapa metálica en la puntera. Aquí sí coinciden las estéticas más dispares y las visiones de la vida más encontradas. Acostumbrados, los dependientes ya ni se alteran y los tratan como si fueran provectas ancianitas enlutadas.
 
Bueno, bonito y barato. Y con sabor. Ese es el lema. Los diplomas de la Cámara de Comercio ilustran las paredes de algunos de estos locales: Establecimiento típico, rezan, pero nadie se aprovecha. Y aún menos cuando la clientela aumenta a causa de los cuartos, que escasean.
 
Mirada franca, conversación amigable, miradas de parroquianos y parroquianas que escrutan el dónde, el cómo y el porqué de cada visitante desconocido; de cada invitado, podría decirse. Sólo hay que fijarse un poco para encontrarlas. Para gastar una indumentaria, quizás no muy «in», pero efectiva y duradera. Para muchos han pasado los tiempos de las apariencias, aunque tampoco hay que fiarse; en uno de estos establecimientos tan «normales» es donde encarga las camisas -azules, clásicas- José María Aznar.
 
Quizás, a largo plazo, tengan la batalla perdida. El parte de bajas aumenta. Ejemplo. Un proyecto, una ilusión con nombre tan agresivo como «El Tigre», reposa hoy, marchita por los cartones que la cubren, lanzando desde su opaco cristal el aviso de «local recomendado» y el consejo amistoso de que allí alguien arreglaba cinturones y plisaba faldas; fueron los últimos mensajes de atención que ya nadie atenderá.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s